En su primer año de gestión el gobierno de Alberto Fernández ha impulsado una agenda de política exterior que lo ha llevado a una reversión significativa de las políticas llevadas adelante por la Administración Macri (2015-2019) y que en buena medida implican un retorno a la política exterior de los gobiernos kirchneristas (2003-2015).
Ya desde antes de su asunción, durante la campaña electoral, parte de la dirigencia, la clase política y la prensa en la Argentina especuló sobre qué clase de administración haría el presidente Alberto Fernández. En materia de inserción internacional, algunas conjeturas suponían que la nueva administración procuraría una política internacional madura y moderada.
Algunas expresiones de Alberto Fernández contribuyeron a ese pensamiento. Desde su salida del gobierno en el año 2008, después de servir casi cinco años como jefe de gabinete de Ministros de los presidentes Néstor y Cristina Kirchner, Alberto Fernández había sido muy crítico de la gestión kirchnerista. En especial, había acentuado sus cuestionamientos en el tramo final del período de Cristina F. de Kirchner (2007-2015), bajo cuyo gobierno la Argentina estrechó relaciones con la Cuba de los Castro, la Venezuela de los Chavez-Maduro, la Nicaragua de los Ortega-Murillo y la Bolivia de Evo Morales, a la vez que provocó un alejamiento de los Estados Unidos que incluyó nada menos que un acuerdo con un gobierno sospechado de promover el terrorismo global como el régimen islamista de Irán.
El nombramiento de algunas figuras moderadas en posiciones importantes de la política exterior -por caso en la designación de un canciller sin experiencia en la materia pero no ideologizado- hicieron suponer que Fernández pudo buscar un camino de independencia respecto a las posturas de su socia política, la ex presidente Cristina Kirchner. Del mismo modo, la designación de algunos embajadores con visiones de centro en posiciones claves -por caso en las representaciones en Washington, Brasilia, Beijing- parecieron confirmar esa política. Asimismo, el hecho de que el presidente eligiera hacer su primera gira al exterior comenzando por una visita al Estado de Israel -y continuando por varias capitales de Europa- supusieron que Fernández buscaría una política pro-occidental que lo diferenciaría de la de Cristina Kirchner.
Pero una vez en el ejercicio del poder, el gobierno de Fernández-Kirchner comenzó a mostrar su verdadera cara. En cada oportunidad en que en el sistema interamericano se debatió la crucial situación venezolana, la Argentina votó a favor -o en abstención, lo que en materia diplomática muchas veces equivale a lo mismo- del régimen dictatorial de Maduro. En el mismo sentido, operó con respecto a la dictadura nicaraguense.
Mientras tanto, el gobierno profundizó un enfrentamiento con el gobierno del Brasil -una relación central para la Argentina- en virtud de la ausencia de empatía del mandatario argentino con el presidente Jair Bolsonaro. La verdad sea dicha, algunas expresiones poco felices del jefe de Estado brasileño tampoco contribuyeron en ese sentido. Pero del mismo modo, el gobierno argentino pareció no adecuarse a una realidad conformada por el hecho de que la mayoría de los presidentes de la región tuvieran un un signo político diferente al del “progresismo” al que supuestamente adhiere Fernández.
Esta realidad implicó un daño significativo a la posición de la Argentina toda vez que el mandatario colocó al país al margen de las relaciones con sus vecinos. En las votaciones que tuvieron lugar durante el año 2020 para elegir autoridades en la Organización de Estados Americanos (OEA) y en el Banco InterAmericano de Desarrollo (BID) la postura argentina enfrentó a la de sus socios del Mercosur y la región, a la vez que colocó a la Argentina en un serio cuestionamiento al gobierno norteamericano.
Lo cierto es que el Presidente Fernández provocó un serio deterioro en prácticamente todos los vínculos bilaterales de la Argentina con los países de la región sudamericana. Durante casi un año, y con la excusa de la pandemia, no mantuvo ningún encuentro con sus pares del Mercosur y la región.
Olvidando que las relaciones entre Estados deben conducirse en función de criterios de esa naturaleza con abstención de gustos personales y preferencias ideológicas, el mandatario argentino insistió en participar en el llamado “Grupo de Puebla”. Esa participación llevó a Fernández a decir que añoraba a mandatarios como Luiz Inacio Lula da Silva, Dilma Rousseff, Hugo Chávez, Evo Morales, José Mujica, Tabaré Vázquez, Michelle Bachelet, Rafael Correa, Fernando Lugo entre otros.
Desde luego, algunos de ellos ejercieron el poder de manera democrática pero otros simplemente no pueden escapar a la calificación de dictadores. Pero lo curioso del caso es que el Presidente argentino optó por compartir sus participación regional en un foro de ex presidentes que en su gran mayoría mantienen una muy mala relación con los mandatarios actuales con quienes debería cooperar en el tiempo histórico que le toca gobernar.
En los hechos, el Presidente argentino optó por ratificar por vía directa o indirecta al accionar de los gobiernos no democráticos de la región como Venezuela, Nicaragua o Cuba. Esta política llevó al Presidente y a su cancillería a tener una tensa relación con las autoridades de la Organización de Estados Americanos (OEA). La animosidad con el titular de ese organismo, Luis Almagro, es tal que uno podría imaginar que existe una suerte de obsesión con su persona. Acaso el Presidente argentino ha incorporado el discurso del llamado “Grupo de Puebla” que ve en Almagro a un traidor.
Pero lo cierto es que, los gobiernos democráticos de la región valoran mucho la actitud de Almagro en la OEA en los últimos cinco años. En especial, en comparación con el período anterior en que el organismo estuvo presidido por un secretario general de la OEA que llegó al cargo con mucho prestigio, pero terminó siendo totalmente funcional a la dictadura chavista y a otros gobiernos del llamado Socialismo del Siglo XXI.
Detras de un discurso latinoamericanista, el gobierno de Fernández-Kirchner ha provocado un serio deterioro en las relaciones con prácticamente todas las capitales de sudamérica. Acaso repitiendo el modelo de su admirado Néstor Kirchner, quien durante su presidencia (2003-2007) provocó enfrentamientos con Uruguay, Brasil, Chile, Perú, México, España, Francia, Italia y Alemania, Fernández crea que puede conducir la política exterior del país en base a sus tendencias ideológicas coyunturales.
Con su política de auto-aislamiento regional el Presidente parece ignorar una realidad inexorable y es la que deriva del hecho de que la geografía sigue siendo el factor fundamental de las relaciones internacionales. Un gobernante puede cambiar de ideología, de aliados, de forma de pensar, pero no puede modificar la geografía. Como decía (Nicholas) Spykman, las montañas permanecen.
El gobierno argentino ha procedido en este primer año de gestión con una política exterior que si bien ha pretendido ocultar una adhesión lisa y llana a los dictados del llamado “Socialismo del Siglo XXI”, en los hechos ha provocado un giro con respecto a la política de la Administración anterior que lo colocan indudablemente en una senda hacia una creciente actitud anti-occidental.
En tanto, el mundo está constituido por un escenario global que los gobiernos de las potencias medianas como la Argentina obviamente no controlan y que no pueden modificar. La crisis derivada de la pandemia del COVID-19 ha demostrado hasta qué punto el planeta presenta un grado de interrelación nunca visto, con las consecuencias positivas y negativas que ello conlleva.
El gobierno argentino debería hacer una lectura realista e intentar a partir de allí detectar las mejores oportunidades que ese contexto ofrece para la Argentina reduciendo las amenazas y riesgos, que de por si existen y que la Argentina no puede cambiar. En ese escenario en el que existe una creciente rivalidad de potencias, en el que existen amenazas que deben ser atendidas globalmente como el cambio climático, las pandemias, el cybercrimen, el terrorismo, es más necesario que nunca tener el mejor nivel de diálogo con Brasil, con el Mercosur, con Sudamérica en general para enfrentar con una política común esos desafíos. Por lo tanto, mantener un vínculo fluido y basado en la confianza con los vecinos deja de ser una opción y tiene el carácter del imperativo categórico.
*Mariano Caucino nació en Buenos Aires, en 1976, es abogado (UBA) y especialista en política internacional. En 2016 fue nombrado embajador en Costa Rica y dos años después fue designado embajador en Israel. Autor de diversas publicaciones sobre política internacional e historia contemporánea, su último libro es “La Argentina pendular: los costos de la imprevisión y la oportunidad del consenso” (2019).
Ya desde antes de su asunción, durante la campaña electoral, parte de la dirigencia, la clase política y la prensa en la Argentina especuló sobre qué clase de administración haría el presidente Alberto Fernández. En materia de inserción internacional, algunas conjeturas suponían que la nueva administración procuraría una política internacional madura y moderada.
Algunas expresiones de Alberto Fernández contribuyeron a ese pensamiento. Desde su salida del gobierno en el año 2008, después de servir casi cinco años como jefe de gabinete de Ministros de los presidentes Néstor y Cristina Kirchner, Alberto Fernández había sido muy crítico de la gestión kirchnerista. En especial, había acentuado sus cuestionamientos en el tramo final del período de Cristina F. de Kirchner (2007-2015), bajo cuyo gobierno la Argentina estrechó relaciones con la Cuba de los Castro, la Venezuela de los Chavez-Maduro, la Nicaragua de los Ortega-Murillo y la Bolivia de Evo Morales, a la vez que provocó un alejamiento de los Estados Unidos que incluyó nada menos que un acuerdo con un gobierno sospechado de promover el terrorismo global como el régimen islamista de Irán.
El nombramiento de algunas figuras moderadas en posiciones importantes de la política exterior -por caso en la designación de un canciller sin experiencia en la materia pero no ideologizado- hicieron suponer que Fernández pudo buscar un camino de independencia respecto a las posturas de su socia política, la ex presidente Cristina Kirchner. Del mismo modo, la designación de algunos embajadores con visiones de centro en posiciones claves -por caso en las representaciones en Washington, Brasilia, Beijing- parecieron confirmar esa política. Asimismo, el hecho de que el presidente eligiera hacer su primera gira al exterior comenzando por una visita al Estado de Israel -y continuando por varias capitales de Europa- supusieron que Fernández buscaría una política pro-occidental que lo diferenciaría de la de Cristina Kirchner.
Pero una vez en el ejercicio del poder, el gobierno de Fernández-Kirchner comenzó a mostrar su verdadera cara. En cada oportunidad en que en el sistema interamericano se debatió la crucial situación venezolana, la Argentina votó a favor -o en abstención, lo que en materia diplomática muchas veces equivale a lo mismo- del régimen dictatorial de Maduro. En el mismo sentido, operó con respecto a la dictadura nicaraguense.
Mientras tanto, el gobierno profundizó un enfrentamiento con el gobierno del Brasil -una relación central para la Argentina- en virtud de la ausencia de empatía del mandatario argentino con el presidente Jair Bolsonaro. La verdad sea dicha, algunas expresiones poco felices del jefe de Estado brasileño tampoco contribuyeron en ese sentido. Pero del mismo modo, el gobierno argentino pareció no adecuarse a una realidad conformada por el hecho de que la mayoría de los presidentes de la región tuvieran un un signo político diferente al del “progresismo” al que supuestamente adhiere Fernández.
Esta realidad implicó un daño significativo a la posición de la Argentina toda vez que el mandatario colocó al país al margen de las relaciones con sus vecinos. En las votaciones que tuvieron lugar durante el año 2020 para elegir autoridades en la Organización de Estados Americanos (OEA) y en el Banco InterAmericano de Desarrollo (BID) la postura argentina enfrentó a la de sus socios del Mercosur y la región, a la vez que colocó a la Argentina en un serio cuestionamiento al gobierno norteamericano.
Lo cierto es que el Presidente Fernández provocó un serio deterioro en prácticamente todos los vínculos bilaterales de la Argentina con los países de la región sudamericana. Durante casi un año, y con la excusa de la pandemia, no mantuvo ningún encuentro con sus pares del Mercosur y la región.
Olvidando que las relaciones entre Estados deben conducirse en función de criterios de esa naturaleza con abstención de gustos personales y preferencias ideológicas, el mandatario argentino insistió en participar en el llamado “Grupo de Puebla”. Esa participación llevó a Fernández a decir que añoraba a mandatarios como Luiz Inacio Lula da Silva, Dilma Rousseff, Hugo Chávez, Evo Morales, José Mujica, Tabaré Vázquez, Michelle Bachelet, Rafael Correa, Fernando Lugo entre otros.
Desde luego, algunos de ellos ejercieron el poder de manera democrática pero otros simplemente no pueden escapar a la calificación de dictadores. Pero lo curioso del caso es que el Presidente argentino optó por compartir sus participación regional en un foro de ex presidentes que en su gran mayoría mantienen una muy mala relación con los mandatarios actuales con quienes debería cooperar en el tiempo histórico que le toca gobernar.
En los hechos, el Presidente argentino optó por ratificar por vía directa o indirecta al accionar de los gobiernos no democráticos de la región como Venezuela, Nicaragua o Cuba. Esta política llevó al Presidente y a su cancillería a tener una tensa relación con las autoridades de la Organización de Estados Americanos (OEA). La animosidad con el titular de ese organismo, Luis Almagro, es tal que uno podría imaginar que existe una suerte de obsesión con su persona. Acaso el Presidente argentino ha incorporado el discurso del llamado “Grupo de Puebla” que ve en Almagro a un traidor.
Pero lo cierto es que, los gobiernos democráticos de la región valoran mucho la actitud de Almagro en la OEA en los últimos cinco años. En especial, en comparación con el período anterior en que el organismo estuvo presidido por un secretario general de la OEA que llegó al cargo con mucho prestigio, pero terminó siendo totalmente funcional a la dictadura chavista y a otros gobiernos del llamado Socialismo del Siglo XXI.
Detras de un discurso latinoamericanista, el gobierno de Fernández-Kirchner ha provocado un serio deterioro en las relaciones con prácticamente todas las capitales de sudamérica. Acaso repitiendo el modelo de su admirado Néstor Kirchner, quien durante su presidencia (2003-2007) provocó enfrentamientos con Uruguay, Brasil, Chile, Perú, México, España, Francia, Italia y Alemania, Fernández crea que puede conducir la política exterior del país en base a sus tendencias ideológicas coyunturales.
Con su política de auto-aislamiento regional el Presidente parece ignorar una realidad inexorable y es la que deriva del hecho de que la geografía sigue siendo el factor fundamental de las relaciones internacionales. Un gobernante puede cambiar de ideología, de aliados, de forma de pensar, pero no puede modificar la geografía. Como decía (Nicholas) Spykman, las montañas permanecen.
El gobierno argentino ha procedido en este primer año de gestión con una política exterior que si bien ha pretendido ocultar una adhesión lisa y llana a los dictados del llamado “Socialismo del Siglo XXI”, en los hechos ha provocado un giro con respecto a la política de la Administración anterior que lo colocan indudablemente en una senda hacia una creciente actitud anti-occidental.
En tanto, el mundo está constituido por un escenario global que los gobiernos de las potencias medianas como la Argentina obviamente no controlan y que no pueden modificar. La crisis derivada de la pandemia del COVID-19 ha demostrado hasta qué punto el planeta presenta un grado de interrelación nunca visto, con las consecuencias positivas y negativas que ello conlleva.
El gobierno argentino debería hacer una lectura realista e intentar a partir de allí detectar las mejores oportunidades que ese contexto ofrece para la Argentina reduciendo las amenazas y riesgos, que de por si existen y que la Argentina no puede cambiar. En ese escenario en el que existe una creciente rivalidad de potencias, en el que existen amenazas que deben ser atendidas globalmente como el cambio climático, las pandemias, el cybercrimen, el terrorismo, es más necesario que nunca tener el mejor nivel de diálogo con Brasil, con el Mercosur, con Sudamérica en general para enfrentar con una política común esos desafíos. Por lo tanto, mantener un vínculo fluido y basado en la confianza con los vecinos deja de ser una opción y tiene el carácter del imperativo categórico.
*Mariano Caucino nació en Buenos Aires, en 1976, es abogado (UBA) y especialista en política internacional. En 2016 fue nombrado embajador en Costa Rica y dos años después fue designado embajador en Israel. Autor de diversas publicaciones sobre política internacional e historia contemporánea, su último libro es “La Argentina pendular: los costos de la imprevisión y la oportunidad del consenso” (2019).





