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¿Qué pasó en Chile? Y ¿Qué le ocurrió a los chilenos? son preguntas hoy recurrentes en América Latina. La razón es que Chile parecía bien orientado en el progreso económico y sus instituciones parecían ser sólidas. Sin embargo, todo ello está hoy fuertemente cuestionado. Y por decisión de los chilenos.
Lo que mejor describe el presente es incertidumbre, toda vez que se está discutiendo una propuesta de nueva constitución y las mayorías electas para redactarla parecen favorecer cambios radicales.
Ello tiene lugar cuando al mismo tiempo el país se encamina a elecciones generales de presidente y congreso en noviembre 2021, desconociéndose las reglas de juego y si continuarán en esos cargos y por cuanto tiempo.
El gran cambio se aceleró en octubre del año 2019 cuando una combinación de manifestaciones y violencia en las calles sobrepasó al gobierno y la policía. Como consecuencia, surge este proceso constituyente y el comportamiento de las fuerzas políticas y económicas gira hacia posiciones a favor de modificar el camino que Chile había seguido desde 1990 hacia el desarrollo, sin que hoy se sepa si es un cambio definitivo o circunstancial.
Chile parecía estar haciéndolo bien y así lo decían las cifras. Tomando como referentes el año 1990, el del retorno a la democracia después de la dictadura del General Pinochet y el año 2018, el anterior al estallido de Octubre 2019, las cifras comparables del Banco Mundial y de la Cepal nos dicen -a modo de ejemplo- que la pobreza extrema bajó de 39% a 8,6%; el aumento de ingresos del 10% más pobre subió de una base de 100 (1990) a 439% (2018); el gasto en educación mas que se duplicó de 2,3 puntos del PIB a 5,4 PIB; el de salud aumentó de 1,7 PIB a 4,9 PIB; el aumento de la cobertura de agua potable rural fue desde 48% a 94% en esos años: por su parte, el gasto militar bajó de 3,4 PIB a 1,9 PIB y la inflación lo hizo desde 22% a 2%. Por último, la desigualdad disminuyó en esos años, no solo en oportunidades sino también en ingresos, medido por el coeficiente Gini.
Es lo que llamo la Paradoja de Chile o más bien de los chilenos. Lo primero que lo explica es el choque de los datos con las percepciones, triunfando sin contrapeso una narrativa que negaba todo lo anterior, repitiéndose que Chile supuestamente se había convertido en una tierra arrasada por el neoliberalismo, donde (casi) nada se había hecho en favor de las mayorías, desmentido por la fuerte inmigración de más de un millón de personas de otros países y una escasa emigración.
Un segundo hecho, tiene que ver con la aparición y sobre todo, aceptación de la violencia que es un factor desencadenante de comportamientos sociales y políticos que antes no eran aceptables en democracia.
El tercer hecho tiene que ver con la irrupción del populismo en todos los sectores políticos, es decir, conductas y decisiones que antes no se habían posicionado entre las alternativas, y quizás por falta de experiencia práctica, el país fue fácil presa de ese discurso, lo que se manifestó en la repentina popularidad de ideas ingenuas o fracasadas en otros lugares, no en forma marginal, sino con fuerte apoyo.
Ello es además otra expresión de la paradoja, es decir, el país se convenció que se vivía en medio del fracaso, aunque los años 2020 y 2021 coincidieron con un éxito a nivel internacional contra el virus CV-19, donde el porcentaje de la población vacunada al mes de agosto 2021 superaba a países desarrollados como Estados Unidos y Canadá, gracias precisamente a las políticas que hoy se rechazan y a los recursos disponibles.
En cuarto lugar, esta ofensiva coincidió con la falta de defensa de estos logros obtenidos en democracia por parte de su autores, aunque muchas de las reformas económicas se habían originado en el periodo autoritario. Es decir, los autores del progreso sintieron vergüenza de lo hecho, aceptando la versión del relato sobre los datos.
En quinto lugar, la principal responsabilidad política recae en el gobierno de centro derecha de Sebastián Piñera, no solo por su notorio fracaso político, sino también por no utilizar sus amplias facultades legales, incluyendo el orden público. Sobre todo, el gran hecho no aclarado del todo, el porqué ofreció algo que nadie en la oposición se lo solicitaba en la negociación, cual lo era no la reforma de la constitución existente, sino el proceso hacia una totalmente nueva.
Muchos otros temas podrían agregarse, como el predominio de las subjetividades, la falta de servicios de inteligencia dignos del nombre, o de liderazgos de calidad similar a los que se generaron entre 1990 y 2010, a mi juicio, estos y otros en un grado inferior a los cinco mencionados.
Como consecuencia, Chile navega en la incertidumbre, con la seria posibilidad que esta cadena culmine en el extravío de un camino que parecía encaminarlo hacia una meta muy esquiva para la región, cual lo era la posibilidad del desarrollo. Y hoy está en medio de una tormenta perfecta, en gran medida autogenerada.
La evidencia muestra acciones desde otros países como también actores críticos al camino que seguía Chile como el Foro de Sao Paulo y el Grupo de Puebla, pero sin excusas, la responsabilidad fundamental de esta coyuntura recae en los propios chilenos.
Aunque hoy no se ven, es de esperar que aparezcan aquellos lideres y sectores capaces de producir un diálogo en busca de soluciones, similar a quienes se hicieron presentes después del plebiscito de 1988 y cuyos acuerdos en torno a la democracia y el mercado, le dieron al país un periodo de los más beneficiosos de su historia, a pesar de lo mucho que entonces los separaba.
(*) Abogado (Universidad de Chile, Universidad de Barcelona); Ph.D. en Ciencia Política (Government, University of Essex); candidato presidencial (Chile, 2013)
«Las opiniones aquí publicadas son responsabilidad absoluta de su autor».
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