A pesar de la desastrosa política fiscal de Rajoy y Montoro lo que, finalmente, provocó la caída del gobierno del PP fue la corrupción. Sin demagogia, se puede afirmar que el gobierno del PP no ha sido el único incurso en corrupción y que el PP quizá no sea el partido más corrupto de España siquiera porque la competencia en ese terreno de los nacionalistas catalanes y del PSOE es durísima. El problema, sin embargo, es que hace más de un lustro se descubrió una inmensa trama de corrupción que afectaba directamente al PP y a Rajoy y que quedó de manifiesto, entre otras razones, por el testimonio y los documentos aportados por Luis Bárcenas, el tesorero del partido. Lo que esto implica ha quedado magníficamente contado en la película B, un título que hace referencia a la inicial de Bárcenas y también a la contabilidad B, es decir, ilegal del PP, película en la que se reproduce literalmente la declaración de Bárcenas ante el juez de instrucción.
A diferencia de lo sucedido en otras naciones, la financiación ilegal – que es un delito – no se dedicaba sólo a financiar ilegalmente las campañas electorales, sino también a pasar dinero a los jerifaltes del partido. Así, todas las semanas, según Bárcenas, se entregaba a personajes de primer nivel del PP – incluido Rajoy – sobres con miles de euros que iban a engrosar su fortuna personal, que nunca pagaron impuestos y que convierten en delincuentes a sus receptores. En el caso de Rajoy, de nuevo, según Bárcenas, en algún caso, al sobrar dinero del reparto, se lo entregaron directamente a él.
En circunstancias normales en cualquier otro sistema parlamentario, Rajoy y su gobierno debían haber dimitido y todo se hubiera solventado – más o menos – hace cinco años. Insisto: hubiera sido lo habitual en otros sistemas parlamentarios como el alemán, el británico o el sueco. Sin embargo, Rajoy decidió aferrarse al poder e incluso convertir en primer objetivo esa conducta por el temor a verse llevado ante los tribunales y terminar en prisión. Las consecuencias de esa decisión han sido fatales y no han terminado aún.
En primer lugar, los votantes del PP se desmoralizaron y en más de una cuarta parte lo abandonaron. A decir verdad, de no ser por la amenaza de Podemos, es más que posible que la desbandada hubiera resultado mayor. No se les puede criticar porque la suma de una mala política fiscal y de la corrupción no es la mejor receta para mantener la fidelidad electoral. En estos momentos, el PP sólo conserva una mayoría absoluta en el gobierno de Galicia, unas de las 17 Comunidades autónomas…
En segundo lugar, en un sistema parlamentario que nunca ha contado con coaliciones – como son normales en otras naciones – el PP pasó de una mayoría absoluta a otras más que insuficiente con el resultado de que incluso durante un año España estuvo sin gobierno oficial viéndose regida por el que estaba en funciones bajo la presidencia, eso sí, de Rajoy.
En tercer lugar, las decisiones de carácter relevante se tomaron en su práctica totalidad de la peor manera – golpe independentista de Cataluña incluido – porque la finalidad era, sobre todo y por encima de todo, evitar la comparecencia de Rajoy ante los jueces lo que exigía evitar confrontaciones y mantener siquiera una sombra de estabilidad.
En cuarto y último lugar, se generó una inestabilidad que sólo por su ceguera proverbial el PP no quiso ver. Cuando hace apenas unas semanas Montoro logró – previa entrega de miles de millones de euros al Partido Nacionalista Vasco – la aprobación de los presupuestos, la euforia en el PP se desató. En teoría, con los presupuestos aprobados, el gobierno aguantaría en el poder durante 2018, en 2019 podría prorrogar los presupuestos y así llegaría hasta 2020 en que debía convocar elecciones. En una semana, todo se vino abajo al publicarse una sentencia de uno de los casos de corrupción del PP donde se declaraba expresamente al partido – y no sólo a cargos o militantes – responsable de diversos delitos.
La reacción inmediata de la oposición fue exigir la disolución de las cámaras y la convocatoria de nuevas elecciones y si hubiera pensado más en la nación y algo menos en él, Rajoy hubiera optado por ese camino. Sin embargo, como en el lustro anterior, optó por defender sus intereses a toda costa y por no dimitir alegando que eso sería reconocer su culpabilidad, culpabilidad, por otro lado, cada vez más difícil de negar. El resultado fue la articulación de una mayoría parlamentaria de izquierdas y nacionalista que lo derribó por el simple peso de la aritmética. En otras palabras, la situación que se creaba era indeseable, pero si triunfó se debió a Rajoy.
¿Qué sucederá a partir de ahora? De entrada, el PP tiene por delante desafíos colosales. No se trata sólo de la sucesión de Rajoy sino de que en pie quedan no menos de seis causas importantes de corrupción esperando sentencia y en ellas puede acabar de verse juzgado Rajoy de la misma manera que en una de ellas está imputado hasta un obispo porque – maravíllese el lector – presuntamente hubo terreno para juzgar a la corrupción hasta con la visita del papa Benedicto XVI.
Los dos nuevos partidos – Ciudadanos y Podemos – intentan recolocar sus estrategias electorales que ya no pueden girar en el enfrentamiento, más que justificado, con Rajoy.
Los nacionalistas catalanes y vascos tantean la enorme debilidad del gobierno para arrancarle nuevas concesiones que, como siempre, pagarán el conjunto de los – despreciados por ellos – españoles.
Finalmente, el PSOE ha iniciado una andadura de gobierno en una situación de extrema debilidad y tiene como objetivo primero evitar las consecuencias de la política hacendística de Montoro. Hace unas horas, la nueva ministra de economía ya ha reconocido que la deuda real es de más del 130 por ciento del PIB y lo ha hecho, en parte, porque la Unión Europea ya ha anunciado que dejará de comprar la mitad de la deuda en septiembre y la totalidad en diciembre; en parte, porque no desea que recaiga sobre ella la responsabilidad del desastre forjado por Montoro y, en parte, porque tiene que conseguir un respaldo económico en una época en que el horizonte se dibuja más que preocupante. La utilización del espantajo del franquismo – ya han hablado de desenterrar a Franco – y la utilización de la ideología de género van a ser dos bazas a las que se sumará el control de los medios de comunicación públicos, pero es dudoso que basten si la economía empeora.
En resumen, esto es lo que sucede en España donde, como diría Mafalda, no es el acabose sino simplemente el continuose del empezose.




