¡Ah, el Brexit!
Me parece razonable que los organismos internacionales y las propias naciones evolucionen y se unan o separen, siempre que lo hagan pacíficamente y con arreglo a leyes previamente pactadas. Una pequeña mayoría de los británicos decidió salir de la Unión Europea. La idea es que estadounidenses, canadienses, irlandeses, británicos, australianos y neozelandeses forman un universo diferente al del resto del planeta. Comparten los hallazgos de sus servicios de inteligencia, han hecho la guerra codo con codo, hablan inglés y suscriben más o menos los mismos valores y percepciones. Todas las naciones que forman parte de la UE deben refrendarlo en un plebiscito que se gana o se pierde por mayoría simple, pero eso es absurdo. Tanto participar como darse de baja de ciertos organismos son decisiones trascendentes que van a afectar el desempeño de las generaciones venideras. Es conveniente darles la bienvenida a los nuevos socios o, en su defecto, despedirlos amablemente. Pero ahorrándonos todos el lamentable espectáculo del Brexit

