China, Estados Unidos y el virus de la discordia
La crisis global derivada de la expansión de la pandemia del COVID-19 ha puesto a China en el centro de la atención mundial. Una serie de acusaciones contra Beijing sostienen que el régimen comunista chino ocultó -o demoró en comunicar- los hechos que condujeron a una pandemia a escala mundial. El ascenso de China llevó a que algunos ensayistas comenzaran a preguntarse si el siglo XXI no le pertenecería. Así como España, Portugal, Francia, el Imperio Británico y los Estados Unidos habían liderado cada uno los últimos cinco siglos, China parecía llamada a dominar el futuro inmediato de nuestros tiempos. Los Estados Unidos siguen siendo el único país de la tierra en condiciones de ejercer su influencia simultáneamente en base a las tres esferas que componen el poder: capacidad militar, económico y en términos de “soft power”. El ejercicio de ese poder, sin embargo, se encuentra condicionado a la realidad vigente en las presentes circunstancias históricas. En tanto, es altamente probable que aquella nación que consiga desarrollar la vacuna contra el COVID-19 logre un prestigio de magnitud y un importante respaldo en materia de “soft power” comparable con haber llegado a la Luna. Resulta evidente que tal descubrimiento tendrá consecuencias geopolíticas y que no será lo mismo si ese logro es alcanzado por los Estados Unidos, o por un país aliado (Reino Unido, Israel, Japón o Corea del Sur) o si lo lograra China. En ese caso, la paradoja sería total: China se convertiría en el causante y el remedio de la enfermedad y su protagonismo sería indudable. El mundo actual podría encerrar una última paradoja. Aquella que indica que, pese a todo, será Asia la región del mundo que primero logre salir de la brutal recesión que parece esperar a todos. El drama del COVID-19, en ese caso, podría implicar una ironía del destino. La de haber comenzado y terminado en un mismo lugar.

