China, Estados Unidos y el virus de la discordia

La crisis global derivada de la expansión de la pandemia del COVID-19 ha puesto a China en el centro de la atención mundial. Una serie de acusaciones contra Beijing sostienen que el régimen comunista chino ocultó -o demoró en comunicar- los hechos que condujeron a una pandemia a escala mundial. El ascenso de China llevó a que algunos ensayistas comenzaran a preguntarse si el siglo XXI no le pertenecería. Así como España, Portugal, Francia, el Imperio Británico y los Estados Unidos habían liderado cada uno los últimos cinco siglos, China parecía llamada a dominar el futuro inmediato de nuestros tiempos. Los Estados Unidos siguen siendo el único país de la tierra en condiciones de ejercer su influencia simultáneamente en base a las tres esferas que componen el poder: capacidad militar, económico y en términos de “soft power”. El ejercicio de ese poder, sin embargo, se encuentra condicionado a la realidad vigente en las presentes circunstancias históricas. En tanto, es altamente probable que aquella nación que consiga desarrollar la vacuna contra el COVID-19 logre un prestigio de magnitud y un importante respaldo en materia de “soft power” comparable con haber llegado a la Luna. Resulta evidente que tal descubrimiento tendrá consecuencias geopolíticas y que no será lo mismo si ese logro es alcanzado por los Estados Unidos, o por un país aliado (Reino Unido, Israel, Japón o Corea del Sur) o si lo lograra China. En ese caso, la paradoja sería total: China se convertiría en el causante y el remedio de la enfermedad y su protagonismo sería indudable. El mundo actual podría encerrar una última paradoja. Aquella que indica que, pese a todo, será Asia la región del mundo que primero logre salir de la brutal recesión que parece esperar a todos. El drama del COVID-19, en ese caso, podría implicar una ironía del destino. La de haber comenzado y terminado en un mismo lugar.

Rehaciendo el orden internacional

El embajador Mariano Caucino hacía una semblanza del Club de Roma, creado gracias a la iniciativa de Aurelio Peccei y de Alexander King. La tesis central del trabajo señalaba que, entre los años 2008 y 2020 el mundo alcanzaría un nivel de producción de bienes y servicios máximo y que llegaría al tope de las capacidades materiales y disponibilidad de recursos naturales. Límite que haría imposible el crecimiento, llevándolo a cero. Desde el punto de vista político se le objetaba la distinción entre un mundo desarrollado y otro, subdesarrollado o en desarrollo, que vería coartada su posibilidad de crecimiento. Desde el punto de vista científico, el esquema que propiciaba era considerado “simplista”y poco académico. la Fundación RIO elaboró un nuevo informe para el Club, El informe en cuestión es un documento preparado por expertos en cooperación internacional. Además de su evidente carácter político, su énfasis estaba puesto en la base técnica y científica de un orden internacional con el propósito de servir al bienestar mundial. El informe incluye cuatro partes. La primera se refiere a “La necesidad de un nuevo orden internacional y las principales áreas problemáticas”, y la segunda planteaba “La arquitectura del nuevo orden internacional: iniciar y dirigir el proceso de cambio planificado”. “Propuestas de acción” –su tercera parte- enumera las principales propuestas y recomendaciones surgidas de los grupos de trabajo en diez áreas principales, mientras que la última parte, la cuarta, contiene los informes de los grupos de trabajo y la base para las discusiones de las reuniones plenarias. Muchos otros temas estudiados en el informe mantienen una rigurosa actualidad y con toda seguridad debieran ser parte de nuestra preocupación permanente. En estos momentos, donde la humanidad entera se encuentra amenazada por una pandemia que nos obliga a actuar en conjunto, es totalmente pertinente el recuerdo traído por Caucino, uno de nuestros mejores estudiosos de la política internacional, ya que seguiremos atados en la búsqueda de una solución conjunta.