En mi última entrega, expuse la tesis de que, de manera llamativa, la gran diferencia entre Donald Trump y Hillary Clinton se encontraba en el terreno de la política internacional donde el primero optaba por una perspectiva americanista y la segunda, por una globalista. Sin duda, ambos creen en la hegemonía norteamericana como un factor necesario e irrenunciable, pero abordan la cuestión desde ángulos muy diferentes.
La visión internacional de Hillary Clinton, en el ámbito económico, implica no sólo que se mantendrán los tratados de libre comercio con México y Canadá sino que resulta imperativo firmar el TTIP con Europa, uno de los grandes proyectos de Obama, a pesar de la escasa atención que merece en los medios. El TTIP no sólo crearía el mayor espacio de libre comercio de la Historia sino que incluso se traduciría en la sumisión de los gobiernos europeos a los intereses de las transnacionales. Igualmente, la firma del TTIP podría significar la imposibilidad de que China mantuviera un proyecto económico propio rival de el de Estados Unidos. En ese sentido, Trump puede considerar que el TTIP perjudica a los norteamericanos – una realidad innegable en no pocos casos – pero Hillary lo contempla, al igual que Obama, como un instrumento indispensable para no sólo el aumento sino la ampliación de la hegemonía norteamericana en el área económica y sobre una Europa occidental no pocas veces crítica con la política de la Casa Blanca en áreas como Oriente Medio, el conflicto entre Israel y los palestinos, la persistencia de la NATO o el respaldo de los nacionalistas ucranianos. A decir verdad, el valor del TTIP para la hegemonía de los Estados Unidos es potencialmente mucho mayor que el aumento del gasto militar.
En áreas político-militares y a diferencia de Trump, Hillary Clinton fortalecerá la NATO y mantendrá la estrategia de cerco a Rusia que ha caracterizado a la administración Obama. Se podrá objetar que esa política no ha funcionado e incluso que Ucrania está a la cabeza de las naciones que han donado sumas millonarias a la Fundación Clinton. No son objeciones de escasa relevancia, pero, a pesar de todo, es más que previsible que Hillary mantendrá la presión sobre Rusia.
También cabe esperar que conserve su política de intervención en Oriente Medio. No es previsible una marcha atrás del acuerdo con Irán a corto plazo siquiera porque la política de equilibrio y contención es la única realista tras la trituración del fiel de la balanza que era Irak. Sin embargo, Hillary fue la gran artesana de la estrategia de intervención conocida como las primaveras árabes – que podrá ser calificada como fallida, pero no como pasiva – y nada lleva a pensar que esa circunstancia cambie. Nuevamente, se podrá plantear el dramático episodio de la embajada de Benghazi, tan utilizado por sus detractores, pero tengo la impresión de que algún día quedará de manifiesto que estuvo más relacionado con la intervención en la zona y la política hacia algunos de los grupos islamistas que con la imprevisión. Como en tantos episodios de la Historia, se confirmará el dicho británico que afirma que “viviremos y veremos”.
No parece sensato mantener que Hillary no mantendrá una política de respaldo cerrado a Israel. Ciertamente, Obama y Netanyahu no han sido un ejemplo de sintonía, pero no es menos cierto que ningún presidente de Estados Unidos ha entregado tanto dinero público a Israel como Obama. De hecho, Obama abandonará la Casa Blanca tras firmar un acuerdo que convierte a Israel en la nación aislada que ha recibido más ayuda de los Estados Unidos a lo largo de la Historia. Tampoco resulta tan sorprendente si se tiene en cuenta que Obama ha contado en su equipo más cercano con gente que cuenta con pasaporte israelí y estadounidense. No sería sorprendente que Hillary vaya incluso más lejos. Puede que Washington no intervenga en Irán siquiera porque ni Irak ni Afganistán ni Libia – cinco años ya – ni Siria se han zanjado con éxitos, pero con Hillary Clinton, Estados Unidos no se replegará de Oriente Medio.
Respecto a Hispanoamérica, también es previsible la actuación de Hillary y no será pasiva. No habrá bombardeos ni desembarcos contra regímenes hostiles porque el continente americano no es Asia ni África, pero más que posiblemente seguirá erosionando el chavismo venezolano con vistas a su desplome e impulsará una política de inversiones económicas en Cuba que acabe, finalmente, con el castrismo tras la muerte de Fidel.
Naturalmente, se puede discutir si semejante visión realmente beneficiará a los ciudadanos de a pie de Estados Unidos o a poderosos lobbies, si no incurrirá en aventuras costosas e inútiles, si no provocará una salida mayor de compañías americanas al extranjero, pero lo que no se puede discutir es su carácter marcadamente globalista.




