No es ejemplo de democracia, y al respecto basta observar el trato a los disidentes. En el Índice de Democracia 2021 de The Economist Rusia figura en la categoría de régimen “autoritario”, en el número 124 entre 167 países, malo o muy malo bajo estándares escandinavos, pero también es cierto que, a pesar de todo, hoy existen más libertades que en muchos otros periodos de su milenaria historia, además que, a pesar de su autoritarismo, su variante de nacionalismo cuenta con respaldo popular.
Al respecto, la pregunta clave es cómo entenderlo, ya que Putin ha sido exitoso en sus apuestas, quizás porque muchas veces sus adversarios se han equivocado al interpretar sus motivaciones. En ese sentido, a pesar de que calificó la desaparición de la Unión Soviética como una catástrofe geopolítica, es un convencido anticomunista, y lo suyo no pasa por recrear la superpotencia fenecida.
Si uno observa su alianza interna y su estilo de mando, es inevitable concluir que está más cerca de los zares que de Brezhnev. Y el mejor ejemplo, no es solo la pompa ceremonial en el Kremlin, sino la estrecha relación que ha establecido con la Iglesia Ortodoxa, incluyendo el traspaso de propiedades de la Iglesia Católica, asunto no resuelto, y que ha impedido hasta ahora una visita papal a Moscú.
Lo de Putin es una revolución conservadora, no solo en la identidad cristiana impresa al país, la defensa de los valores tradicionales, su oposición a la ideología de género y sobre todo, su alejamiento combativo del llamado Nuevo Orden Mundial y de una Agenda mundial por sobre las soberanas nacionales. Aunque tiene seguidores tanto en la derecha como en la izquierda de otros países, no ha intentado transformarlo en una coalición de apoyo.
¿Qué explica entonces sus maniobras y su concentración de tropas en cifra superior a los cien mil y en tres puntos fronterizos con Ucrania? El argumento ha sido repetido muchas veces por Putin. Dicho por el mismo, lo que busca es una negociación, una que siente que está pendiente hace muchos años (y ahí adquiere sentido lo de la “catástrofe geopolítica”), desde la caída de la ex URSS, ya que argumenta que fue tan rápida que no se alcanzó a negociar un nuevo estatuto de seguridad para Rusia, como sucesora. Casi siempre agrega que, aunque se haya extendido hacia el Este, la Rusia histórica ha sido invadida desde Occidente, y no solo por Napoleón y Hitler, argumento también presente entre sus historiadores.
Aquí señala habitualmente que se incumplió el compromiso que la OTAN no trataría de incorporar países que hubiesen sido parte de esa orbita de seguridad. En este punto Gorbachov lo respalda, agregando que se había alcanzado a conversar acerca de escenarios que hoy parecerían de ciencia ficción, como la integración a Europa o a la misma OTAN, a pesar de que Putin insiste que esa alianza militar debió haber desaparecido junto con el Pacto de Varsovia.
Es indudable que en Putin hay argumentaciones difíciles de aceptar desde el punto de vista de la soberanía de otros. La actual situación de Ucrania adquiere una nueva dimensión cuando recibe una invitación que todavía no se materializa, la de incorporarse a esa alianza militar el año 2014, y desde entonces, con apoyo del Kremlin, existe una virtual guerra civil en la región ucraniana de Donbás, en el este del país, donde ha existido históricamente una fuerte presencia rusa. Fue esta invitación la que recibió muchas críticas de George F. Kennan, figura consular de la diplomacia norteamericana, quien fuera la persona que definiera a partir de 1946 la política de “contención” hacia la Unión Soviética, que respetaría como línea roja a no ser traspasada, y hasta el fin de la guerra fría, las fronteras delimitadas en la división territorial del mundo por la Conferencia de Yalta. Kennan argumentaba que un tipo de liderazgo como el de Putin no responde a sanciones económicas, sino a estímulos geopolíticos.
Según ha trascendido de fuentes rusas del encuentro con Macron, la única negociación que le interesa a Putin es con EE. UU., donde ha intercambiado duras declaraciones con Biden, ya que a ambos les ha convenido por razones de política interna, y por el mismo motivo, buscar apoyo interno, ya que ambos están enfrentando momentos a la baja en el respaldo que reciben.
Por cierto, como en toda negociación no hay que hacer caso a todo lo que desea el interlocutor, y hay que analizar sus peticiones como el punto de partida, pero no necesariamente el de llegada. Además, por su precariedad económica Rusia simplemente no está en condiciones de soportar un largo conflicto en esa frontera, como también la OTAN no es una alianza militar convincente, ya que tal como ha quedado demostrado en los conflictos de Siria y Afganistán, sus integrantes tienen diversas posiciones, además que difícilmente quienes la integran van a enviar soldados a combatir en las fronteras de Ucrania. Por otra parte, la dependencia europea del gas ruso conduce a diferencias con USA.
Por cierto, bastaría un balazo para iniciar un conflicto, pero si prevalece la diplomacia, la pregunta sigue siendo porqué a Estados Unidos le convendría aceptar una negociación y que pediría a cambio.
Es una realidad, que a diferencia de la guerra fría no es blanco y negro, sino con matices, además si se negoció con la antigua Unión Soviética llegando a acuerdos tan complejos como una salida a la crisis de los misiles o la detente. Fueron también capaces de encontrar solución a situaciones tan especiales de neutralidad, como las de Finlandia y Austria.
En la situación actual, además del compromiso con Ucrania, creo que hay tres elementos donde podría existir interés nacional por parte de Washington. El primero y más importante es China. Hoy Rusia es solo una potencia reducida a lo que fue bajo los zares, es decir, Europa y Asia, pero no el mundo entero. El gran conflicto que va a marcar el actual siglo XXI, es uno entre China y Estados Unidos, y es en el interés de Estados Unidos y de Occidente , que no se sigan acercando Rusia y China, donde no hay que olvidar que Moscú sigue siendo todavía la más importante alternativa militar, por lo que la política de USA, debiera ser la mayor neutralidad que sea posible, que por lo demás fue lo que buscaron al revés Kissinger y Nixon en su histórico acercamiento a China en el siglo XX, es decir, que no se produjera un acercamiento con la URSS.
El segundo motivo, es que probablemente en Moscú podría encontrar un aliado para otro conflicto, el de USA con el yihadismo militante, ya que fuera del Reino Unido no es fácil encontrar otro país que está dispuesto a combatirlo con soldados, tal como lo ha demostrado Rusia en Chechenia y en Siria. Ahí coinciden ambos países.
El tercer elemento es el tema armamentista, donde para las nuevas realidades que plantea China con su despliegue mundial y en particular en el Mar de China, los acuerdos armamentistas que llegaron con la entonces URSS fueron pensados para la realidad de Europa, y son hoy día un problema que limita la credibilidad militar estadounidense en áreas como misiles de corto y mediano alcance (importantes en el nuevo teatro asiático), armas hipersónicas, espaciales, otras. Sin ir más lejos, contra lo que se supone, no fue mucho lo que se avanzó bajo Trump en este aspecto, por su política de USA primero y su negativa a hacer las concesiones que Rusia esperaba, incluyendo las económicas.
Fácil no va a ser, ya que han sido años donde a partir de la elección presidencial del 2016, Rusia se transformó en un tema de política interna, y ha sido parte de la polarización interna del país, lo que ha perjudicado el liderazgo de USA y su política exterior al carecer de la imprescindible unidad de objetivos, en una confrontación donde Pekín parece tener claridad absoluta.
La pregunta es si USA puede o debe negociar con Putin y la respuesta es que, aunque se tengan intereses distintos se puede tratar, sobre todo, ante una situación donde la invasión o las armas, no parece ser conveniente para nadie.
Y la evidencia se encuentra en Siria, donde a pesar de estar en bandos opuestos, Rusia e Israel fueron capaces de llegar a acuerdos de mutua conveniencia, que recuerda un poco lo que ocurrió en la guerra fría, donde se enfrentaron muchas veces a través de otros, pero a pesar de que todo los separaba, Estados Unidos y la Unión Soviética fueron capaces de evitar un enfrentamiento directo.
En el caso de Siria, Netanyahu y Putin fueron capaces de entender las necesidades estratégicas del otro y llegar a acuerdos mutuamente ventajosos. No es la misma situación para un país del tamaño de la potencia de occidente, pero si puede explorar todo posible escenario para lo que viene con China, donde sigue siendo el número uno, pero la pujanza de Pekín es tal, que a todos nos queda claro que las distancias se acortan.
Y quizás un subproducto para América Latina, donde Washington ha retrocedido en muchos temas, no solo con China, sino que también ha habido una ofensiva rusa, y si hay al menos conversaciones, se debiera plantear el tema de su apoyo a dictaduras, y todo indica, que, a diferencia de la guerra fría, no hay nada de importancia vital para Rusia, salvo quizás negociar el pago de las deudas.
«Las opiniones aquí publicadas son responsabilidad absoluta de su autor».







