Chile enfrenta su más importante elección desde el plebiscito de 1988. Entonces como ahora, Chile no necesita ser refundado, y en una América Latina en la que la narrativa se ha impuesto en variadas formas y en muchas elecciones a los hechos, ello necesita ser recordado. Que la constitución que rige tuvo su origen en una dictadura es un hecho, como también lo es que hoy es un instrumento plenamente democrático, y la más reformada de la historia del país, firmada por un presidente socialista como Ricardo Lagos y sus ministros.
La propuesta no solo combate contra ambas herencias, sino lo que por sobre todo motiva mi rechazo, es una refundación total de esa construcción histórica conocida como Chile, tanto en la conquista española como a partir de la primera junta de gobierno de 1810. No es exageración, ya que lo que se va a plebiscitar dinamita lo que Chile ha construido en más de dos siglos, buscando atacar lo que se considera malo, pero en el camino arrasa con mucho de lo bueno.
En su reemplazo hay dosis de ideologismo, con mucho de experimental, con un resultado que no se encuentra en la larga evolución del país como tampoco en otras constituciones. Es una mezcla curiosa, quizás la primera totalmente posmoderna, donde las cuotas de identidad reemplazan la igualdad básica del republicanismo democrático, la de que todos son iguales ante la ley. Es la deconstrucción identitaria de una nación y el alejamiento frontal de instituciones que habían hecho su historia. Pero también es una de las primeras que recurre a lo que se llama “colonialidad” o que se viviría la prolongación de la colonia, para encontrar allí parte vital de su fundamento.
En muchos casos el problema no son los objetivos como tales, sino, sobre todo, la forma de abordarlos, es decir, el extremismo, la desmesura, la experimentación, la refundación, el negar lo que son Chile y los chilenos. ¿Es Chile todavía una nación? Mas allá de intenciones, el resultado a plebiscitar dice que, al parecer, la respuesta es no para dos tercios de la convención, no es una, sino al menos once que coexisten en plano de igualdad, ya que el país se divide por identidades y estamentos, por lo que se cuestiona en la practica el ideal republicano- democrático de una persona igual un voto.
Se puede rechazar por cosas que no gustan a algunos, a saber, una autonomía territorial que va más allá de la regionalización y descentralización que postulamos desde hace años; podría ser la plurinacionalidad en vez de solo una propuesta de reconocimiento constitucional y multiculturalidad, el menoscabo de la autonomía del poder judicial; para otros, la disolución de los equilibrios políticos, los candados para su reforma, y la idea de hacerla pétrea, congelando una mayoría pasajera. Esos puntos son legítimos, pero reformables, cambiables con otras mayorías y quizás los autores originales de la constitución de Pinochet pensaron también que habían logrado detener las ruedas de la historia.
Mi temor y mi rechazo va mucho más allá de puntos específicos, ya que la propuesta básica no es reformable, toda vez que busca modificar la esencia de una construcción histórica y modificarla tan radicalmente que se pretende refundar completamente a Chile.
Y no se detiene con la aprobación, ya que el texto requerirá de muchas leyes adicionales, en un sistema político que tiene una sola cámara decisiva, la que con una mayoría circunstancial ínfima podrá derogar y aprobar leyes. Es decir, puede ser solo el comienzo. Además, es una constitución muy extensa de 388 artículos, mucha de ella sujeta a interpretación, con un sistema judicial políticamente intervenido al más alto nivel.
No existe el pinochetismo de izquierda, pero si se tocan y encuentran los extremos, en el decir de Lenin contra lo que él llamaba el izquierdismo. Decía que como el mundo es redondo, de tanto ir a la izquierda ellos se encontraban con la derecha y viceversa. Partiendo por él y sus bolcheviques, yo agrego que se parecen los extremos cuando se busca imponer un modelo político, económico, social, ecológico y cultural. Mas que razón, predomina un sentir de emoción, fundado en el revanchismo y el sectarismo con los que piensan distinto.
La agenda social a la que se le atribuyó la necesidad de una nueva constitución fue eclipsada por la plurinacionalidad, tema que incluso puede tener consecuencias no solo para las actividades mineras y agrícolas al requerir consentimiento previo de estas comunidades, sino también se afecta la igualdad en algunos temas legales y reformas constitucionales, que también requerirán esta autorización previa. Y sabemos de la experiencia de otros países, que entregar privilegios a grupos previamente discriminados no es la solución, sino fuente de nuevos conflictos.
No se trata de intenciones sino de resultados, ya que nuevamente el tema es como ha quedado escrita la propuesta, debido a que ese consentimiento va mucho más allá del estándar de la consulta en asuntos que los afectan del Convenio 169 de la OIT, transformándose en un verdadero poder de veto. Este elemento puede también tener un efecto internacional, ya que casi inevitablemente puede exportarse a Argentina, toda vez, que el concepto de Wallmapu va desde el atlántico al pacifico, por lo que la variante separatista reivindica territorios de ambos países, y las movilizaciones argentinas van tan solo un par de años detrás. Y por su parte, en el norte puede abrir una compuerta para revisar algo que se suponía cerrado, como lo es la perdida territorial de Bolivia en la Guerra del Pacifico. No de inmediato, pero como parte de un nuevo proceso.
La propuesta a votar es reflejo del realismo mágico constitucional que ha triunfado ganando muchas elecciones por la vía de asegurar que basta escribir un derecho para que este exista en forma gratuita, y el problema no es tanto que se diga, sino que muchos lo creen. Es también el llamado “adanismo” del Adán bíblico, que todo debe empezar de cero, sin aceptar alguna evolución.
Es una refundación que también afecta la democracia, al buscar no solo la perpetuación de personas e instituciones, sino también se le mete mano a la urna con escaños reservados, más para activistas mediante registros especiales que para la etnia real, donde a los ya conocidos, se agregan otros. Al respecto, más que buscar una mayoría se apoya en una suma de minorías, más que el universalismo de una utopía de futuro, se busca el particularismo de un pasado remoto e idealizado, uno que nunca existió.
Es la búsqueda de un tipo distinto de representatividad, donde todos los votos no valen lo mismo. De partida, la paridad tal como se expresó en esta Convención fue perjudicial para las mujeres en vez de favorecerlas, ya que permitió el ingreso de más hombres en vez de las mujeres que lograron más votos; por ejemplo, así pudo ingresar un exministro comunista, quizás el más influyente de los 145 en la obtención de los votos necesarios para aprobar el articulado.
Un muy alto umbral de dos tercios fue fijado, pero el sistema electoral adoptado permitió sumar minorías y hubo un proceso de permanentes negociaciones entre grupos políticos rupturistas y demandas identitarias. Fue posible, porque nada menos que 24 constituyentes obtuvieron menos de 5000 votos cada uno. De los 17 constituyente de pueblos originarios, 10 entraron con menos de 5.000. La participación en esos padrones fue del 22, 8%, la mitad del porcentaje a nivel nacional, ya por si bajo. Y ojo, que ello fue así, porque en la realidad la mayoría de los pueblos originarios prefirió votar en el Padrón común del resto de los chilenos. Esta forma de modificar la democracia no solo ingresa en forma definitiva en la propuesta, sino que se le sigue metiendo la mano a la urna, agregando factores raciales (afrodescendientes) y quizás, minorías sexuales.
Han surgido los que hablan de “Aprobar para reformar” y los que proponen “Rechazar para reformar”, después. La verdad es que no da igual, toda vez que, si se aprueba, toda reforma se dificulta, ya que los vencedores no van a querer cambiar algo ya aprobado, además que, en verdad es muy complicado, al existir plazos estrechos para las muchas adecuaciones legales que se necesitan vía ley. Mención aparte para la mala costumbre latinoamericana de cambiar las reglas del juego en el camino, lo que deseo que no pase, al ser hasta feo, poco estético.
La convención constitucional comenzó con casi 80% de apoyo, pero hoy las encuestas muestran un respaldo mayoritario al rechazo. Mi impresión personal es que todavía sigue ganando el apruebo, por el cambio generacional y cultural que Chile ha experimentado, además del atractivo de los derechos que se ofrecen. Sobre todo, que una decisión de este tipo sigue marcada por el predominio de la emoción sobre la razón, de la narrativa o relato sobre los hechos.
En los muchos años de docencia constitucional he aprendido dos cosas, que las buenas constituciones se escriben mejor con goma de borrar que con un lápiz, en el sentido que las mejores son breves, a diferencia de la que se va a votar, que hasta tiene cosas propias de un simple reglamento. Y, en segundo lugar, ninguna constitución puede producir alegría por si sola, pero una mala podría generar desgracia, y hasta llanto.
En definitiva, me preocupa que la propuesta pueda conducir a un tipo diferente de autoritarismo, que podría, igual que todas las manipulaciones, alejar y no acercar el reencuentro, llevándonos de crisis en crisis hacia otra confrontación en vez de un futuro compartido, ya que más que ser propiamente una constitución, lo que se vota es el programa político-ideológico de solo un sector.
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