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Cuba, Venezuela, Nicaragua y Bolivia son narcoestados, usurpan el poder, violan los derechos humanos, tienen presos y exiliados políticos, conspiran contra las democracias, soportan el terrorismo, son antiimperialistas declarados y aliados de todos los enemigos de Estados Unidos, pero conspiran para cambiar a su favor la política exterior norteamericana.
El totalitarismo, bochorno para muchos cubanos, arriba a los 62 años en el poder, igual a 744 meses y 22,320 días, una cifra espeluznante si apreciamos que la inmensa mayoría de la población tiene menos de 62 años, lo que significa que una cantidad significativa de isleños ha vivido bajo un mismo régimen toda su vida.
Un principio esencial de la democracia es que cuando las personas discuten abiertamente entre sí, prevalecerán los mejores argumentos. Como John Milton alegó, debemos tener acceso ilimitado a las ideas de nuestros conciudadanos en “un encuentro libre y abierto”. Para seguir siendo viables, las democracias deben promover un mercado de ideas, asegurando que la libertad de prensa no se convierta en el paraíso perdido de las democracias.
El régimen de La Habana está desesperado. Pretende que Biden, cuando comience a gobernar, le saque las castañas del fuego. Venezuela está en la lona. La crisis no tiene fin y se agravará con cada día que pase. Las relaciones con Rusia no son buenas. Cuba no tiene dinero para pagarle a Moscú las obligaciones a las que se había comprometido tras la condonación de las nueve décimas partes de la deuda.
El año 2021 comienza marcado por la confrontación de dos Américas, la democrática y la dictatorial. El castrochavismo intenta una acción de “gatopardismo”, simulando la transformación de sus regímenes dictatoriales con acuerdos y falsas transiciones para ser reconocidos como actores políticos con impunidad.
Muchos días me mantuve cabizbajo, hasta que escuché a mi madre leyendo que” la esperanza bíblica” es una certeza, no una probabilidad. Expresa confianza y seguridad. Es mirar hacia adelante, con un sentido de expectativa y confianza. Un cristiano siempre se sabe “esperanzando”.
En ambos casos, las inexistentes transiciones estuvieron en manos de opositores que hoy son sospechosos de “oposición funcional” o cómplice. En ambos países hay indicaciones muy graves de “corrupción de los opositores en el sistema de la dictadura” y marcadas señales de acuerdos subterráneos (explícitos o implícitos) con sospecha de “impunidad por impunidad”. El tiempo -en este caso muy breve- probará o descartará estos crímenes de lesa Patria.
Vivimos horas dramáticas, no tanto porque los efectos se verán ya, sino porque en estos momentos se están creando las condiciones para que, en pocos meses, exploten las consecuencias indeseadas para sobreseer a los corruptos y establecer un supercontrol que permitirá concretar las venganzas y el poder hegemónico.
Esto quiere decir, que no se trata de reformar el sistema comunista, sino de cancelarlo, y de aceptar de buen grado que unos ciudadanos vivan mejor que la media. No es cuestión de desaparecer las tres monedas, o de que los niños o los adultos puedan tomarse un vaso de leche cuando les plazca y no cuando lo indique la planificación centralizada. Se trata de preguntarles a los cubanos si quieren seguir con el comunismo o prefieren hacer sus transacciones como las llevan a cabo en los treinta países más prósperos del mundo.
La colusión entre gobiernos y multimillonarios propietarios de medios, en forma directa o indirecta, se ha vuelto una peligrosa realidad que busca asentar el control de los contenidos de la gran prensa, logrando así que una pequeña elite, que nadie ha elegido democráticamente, domine, censure la información diaria de los ciudadanos. Este totalitario y machiavélico método vemos cómo se va extendiendo por el mundo, más aún ahora, propiciado por la pandemia china.
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